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Cuando
una persona se somete a una terapia de cualquier tipo, a
veces lo hace con la esperanza de que el terapeuta le
ayude a resolver problemas de relaciones personales, tales
como que el marido no le presta suficiente atención o que
los hijos se comportan de manera inadecuada. No suelen
pensar estas personas que lo único que puede hacer una
terapia es ayudarles a modificar su propia conducta, ya
que ése es el único ámbito en que podemos influir: la
manera en que nosotros mismos nos comportamos.
Todo cambio que desees introducir en la manera en que los
demás se comportan, debe ser realizado de forma indirecta
a través del cambio de tu propia conducta. Mientras no
cambies la forma en que te conduces, te seguirán
ocurriendo las mismas cosas que ahora. A veces cuesta
entender esto, porque a nadie le gusta cambiar. Cada uno
de nosotros tiene un patrón de conducta que ha adquirido a
lo largo de la vida por una u otra razón, y esas razones
son las que hay que analizar para ver si siguen siendo
válidas o no.
No puedes pedir al psicoterapeuta que mágicamente cambie
la forma de actuar de los demás, ni que te dé la receta
secreta para que tú lo consigas. Lo que el profesional
puede hacer es ayudarte a identificar qué es lo que tú
haces que provoca determinada respuesta de los demás. Una
vez determinado esto, el paso siguiente es determinar si
quieres cambiar o no. Puede ser que decidas aprender a
conseguir que las cosas no te preocupen de la manera que
antes lo hacían, lo cual ya es, en sí, una solución a tus
problemas.
Si se presenta la necesidad de cambiar ciertos
comportamientos, ya sea por indicación profesional o por
decisión propia, la tarea implica el estudio de las
razones que llevaron en primer término a adoptar esos
comportamientos. Cada conducta tiene un motivo que la
provoca, y que en su momento fue válido. Si ese motivo
continúa siendo válido, es porque a través de la conducta
estás satisfaciendo una necesidad que sigue estando
vigente, y no va a ser fácil cambiar en tanto no
encuentres una manera alternativa de satisfacerla, o
consigas eliminar dicha necesidad.
Para entender mejor esto, veamos el caso de una persona
que se quejaba de que no podía hacer amistades porque las
otras personas la rehuían. Haciendo un análisis de su
comportamiento, se halló que era su trato altanero lo que
provocaba el rechazo de los demás. Esta persona había
desarrollado en su infancia, que es cuando habitualmente
ocurre, un sentimiento de inseguridad que le hacía temer
el desprecio de los demás. Su talante altanero tenía como
objeto evitar la intimidad que podría dar la oportunidad
para sentirse lastimada por ese desprecio que suponía
inevitable. Para conseguir tratar a las otras personas de
un modo que le permitiera hacer amistad, esta persona
tenía que eliminar ese sentimiento de inseguridad que la
llevaba a comportarse de forma altanera.
El cambio de conducta no es fácil porque, aunque errada,
una conducta que se ha ejercitado durante mucho tiempo da
una sensación de seguridad. Aquí interviene el miedo que
todos tenemos a lo desconocido, a lo que no hemos probado
antes, a lo que se sale de lo rutinario. Solamente una
pequeña fracción de personas gusta de situaciones nuevas y
de comportamientos innovadores; la mayoría preferimos lo
viejo y conocido. El problema es que, a veces, eso viejo y
conocido es justamente lo que está jugando en tu contra.
Para poder cambiar nuestra situación tenemos que cambiar
nuestra conducta, dejar esas viejas formas de comportarnos
que durante tanto tiempo nos han servido torcidamente y
seguir el camino recto de la verdad y la sinceridad.
Tienes que ser sincero contigo mismo para poder cambiar tu
rumbo, y esta es una de las cosas que cuestan porque al
ser sincero tienes que empezar por reconocer esos miedos
que tanto tiempo has estado ocultando. El miedo es una de
las grandes fuerzas motoras de la conducta, ya que a nadie
le gusta tener miedo y hacemos todo lo posible por
evitarlo, hasta llegar a engañarnos a nosotros mismos.
Si cuando eras niño tus padres no pudieron o no quisieron
eliminar tus miedos infantiles, de grande los seguirás
manteniendo en alguna parte de tu personalidad, y te
corresponde a ti, como adulto, ser tu propio padre y tu
propia madre, tranquilizar y dar seguridad a ese niño
atemorizado que tienes dentro de ti. En la enorme mayoría
de los casos, si no cuentas con la ayuda de un buen
terapeuta o de una persona que realmente te ame, te verás
solo en esta tarea de hacer frente a tus miedos y de
decidir cuál es la conducta que debes adoptar.
Tomar y mantener la decisión de adoptar una nueva conducta
es una de las tareas más difíciles para el individuo,
porque a ello se oponen todos los miedos que ha estado
durante toda su vida tratando de mantener bajo control
mediante la conducta que ha llevado hasta el momento. Será
un proceso difícil que, sin embargo, debes llevar a cabo
con coraje, con el convencimiento de que puedes caer, pero
también levantarte y seguir intentando para así conseguir
avanzar en el camino del crecimiento personal. |