| |
No hay
que hacerse ilusiones sobre palabras nuevas porque todo
está inventado y para explicar el coaching, nada mejor que
remontarnos a San Agustín, que decía algo así ”vuelve
dentro de ti. La verdad habita en el interior del hombre”.
De la misma forma que la religión de una u otra manera
ayuda al ser humano a superar las conmociones emocionales
como el dolor, la muerte, incluso la soledad, la formación
basada en el coaching es la mejor y posiblemente la
auténtica forma de aprender porque se aplica desde uno
mismo.
La metodología basada en las preguntas es por su
naturaleza la más sencilla, nos devuelve a nuestra
infancia a base de estimular nuestra curiosidad, ya que no
siempre tenemos conciencia de nuestros hábitos, por eso el
buen coach se ocupa de formular preguntas provocando la
reacción de su alumno.
Hasta hace poco tiempo la pedagogía convencional se basaba
en el trabajo individual, aquello de “poner los codos” con
la ayuda de un profesor y algunos libros, después la
multimedia nos ha proporcionado nuevas herramientas que
nos dan más información, pero siempre acabamos tropezando
con la autonomía del aprendizaje que por su naturaleza es
sólo individual.
La grandeza del coaching reside precisamente en la
posibilidad de poder establecer una confrontación guiada y
según determinada metodología entre el coach y el alumno,
de forma que esta función tutora se convierte en guía,
asistente o cuestionador y por el camino de la deducción,
el aprendiz va llegando por sí mismo a las conclusiones y
finalmente hacia un conocimiento tácito, que es el único
que integra en sí mismo.
La filosofía de este método es obviamente socrática y se
basa en la denominada ”mayéutica” o técnica de la
comadrona,... “yo te digo como debes hacerlo, pero tú
empujas, tú gritas, tú chillas, tú eres protagonista”.
El trabajo de un coach, podríamos dividirlo en tres
partes. La primera sirve para establecer conjuntamente los
objetivos que se pretenden alcanzar. Es bien sabido que no
todas las personas son iguales, ni reaccionan exactamente
aunque los estímulos sean idénticos por tanto, el trabajo
está siempre personalizado a cada discípulo, conocerle,
empatizar con él, crear un vínculo de comunicación.
La segunda parte sería la del trabajo conjunto,
observación presencial, recomendaciones, muchas preguntas
dirigidas a buscar la deducción individual. Esta fase
suele prolongarse hasta 6 meses, con una asistencia más
continuada en los tres primeros meses y más dilatada los
siguientes a fin de contrastar los resultados.
El coach es un observador activo, cuestiona, interroga,
enseña incluso a preguntar, pero debe abstenerse de
establecer conclusiones. A menudo, ni siquiera respuestas,
el alumno que realmente aprende se da cuenta por sí mismo
de lo que hace mal, en el desarrollo de las funciones que
se ha propuesto, quizás pueda compararse al coach con un
entrenador pero sólo desde la óptica de la potenciación y
si acaso el desarrollo de habilidades del aprendiz, pues a
menudo, ni siquiera prescribe sólo observa y pone en
evidencia.
La última fase es la de la evaluación y el mantenimiento.
Es habitual que en un proceso de coaching realizado muy
profesionalmente se creen vínculos entre las partes y la
tentación de acudir al coach siempre es proporcional a los
intereses de mejora permanente del alumno, no obstante si
la lección ha sido bien aprendida una gran parte del
trabajo en el futuro deberá hacerlo el alumno solo y si es
posible compartirlo en el futuro con otras personas que
sientan esta necesidad.
Esta pedagogía favorece que todos los seres humanos en su
actuación con los demás gocen y usen de su propio criterio
y de una libertad responsable, guiados por su propia
conciencia, ya que en el fondo, el que las cosas estén
bien o mal responde en primer lugar a la creencia que cada
uno de nosotros tiene sobre su forma de actuar. No hay
duda que a través del coaching podemos mostrar a los
profesionales que perciben esta pedagogía que también es
posibles si uno realmente desea dirigir a los demás
éticamente. |