En los Estados Unidos ha
nacido un boom denominado “life coach” (“entrenador de
vida”), una persona que se dedica a orientar e impulsar a
otra a superar los obstáculos que no le permiten llegar a
las metas que está deseando alcanzar.
El entrenador de vida
(o “para la vida”) es un profesional que dedica su tiempo
a apoyar a otro a través de encuentros personales,
llamados telefónicos y profusión de mails, a través de
contratos que duran entre 3 y 6 meses, período mínimo
establecido por estos life coach para que un proyecto
pueda concretarse o, al menos, empezar a funcionar.
¿Psicólogo o qué?
Este curioso entrenador se
dedica a motivar a su cliente, dándole ánimo y, sobre
todo, ordenándolo en las diferentes etapas de la meta
hacia la cual se dirige. No es un psicólogo, exactamente,
ya que no bucean en las profundidades de la infancia ni
buscan el porqué de cada una de las actitudes que tiene la
persona que lo contrata. En realidad, lo que busca –y lo
que reclama el cliente- es mucha acción y concreción.
El tiempo se delimita y se
establecen pequeñas metas antes de la “gran” meta, para ir
paso a paso, sin sobresaltos.
Siempre, escuchando.
Lo que más agradece aquel
que contrata a un life coach es el hecho de tener a
alguien que lo escucha permanentemente, y que está
dispuesto a pensar junto a él y a colaborar en todo el
esfuerzo.
Muchos han confesado que,
pese a no haber obtenido resultados concretos, por el solo
hecho de tener a alguien dispuesto a prestarle la oreja en
cualquier momento, ya es suficiente como para sentirse
reconfortado.
Si bien este oficio es
bastante nuevo en el medio profesional y empresario, nos
asombra mucho su amplia difusión. ¿Será que es tan difícil
que nos escuchen en esta época tan acelerada que
necesitamos contratar a alguien para ello? Veremos que nos
dicen los años.