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Érase una
vez, en el país de La Ilusión, un hombre que vivía
pensando en emprender un recorrido por el Arco Iris.
Le habían comentado que el mismo otorgaba a todo aquel que
lo recorriera, grandes y espectaculares tesoros.
También se decía que el más impresionante tesoro se
hallaba, en realidad, al final del camino.
El hombre entonces decidió caminar por el Arco Iris, en
busca de esos grandes tesoros. Que de seguro serían éxito,
dinero, fama, poder.
Un buen día, mientras caían gotas de lluvia que
refractaban la luz del sol, el hombre se acercó al inicio
del Arco Iris, y despidiéndose de sus amistades (pocas,
pero buenas) empezó a caminar, muy ilusionado.
A los pocos días de andar se encontró con el Éxito.
Gracias a él pudo realizar una exitosa carrera y llegar al
puesto más alto.
Como consecuencia de haber alcanzado el éxito y el mejor
trabajo, consiguió también hacer mucho Dinero. A esta
altura, el hombre se hallaba realmente contento. Le estaba
yendo todo muy bien.
Al poco tiempo, lo alcanzó en su recorrido la Sra. Fama,
que le permitió ser conocido y admirado por todos en el
país de La Ilusión.
Finalmente, el Poder llegó a él. Bastaba que moviera un
dedo o dijera una sola palabra para que se cumplieran sus
más mínimos deseos.
Verdaderamente, caminar por ese Arco Iris lo había hecho
muy muy feliz.
Pero su recorrido aun no había terminado. Le faltaba
caminar un poco más para llegar al final del Arco Iris y
encontrar ese último y gran tesoro (¿qué podría ser mejor
que todo eso que hasta el había logrado?) Intrigado,
siguió caminando.
Y a poco caminar, tropezó. Y en esa caída perdió todo lo
que había conseguido... se cayeron el éxito, el dinero, la
fama y el poder.
Así, sumamente entristecido y cabizbajo, fue como siguió
caminando, para intentar alcanzar el último tesoro que ese
Arco Iris le podía dar (porque lo que hasta ahora le había
dado, también se lo quitó).
Finalmente llegó, todavía apenado por su pérdida, al final
del Arco Iris. Y a los pocos segundos vio venir hacia él a
sus Amigos, con una sonrisa y una palabra de aliento para
consolarlo en ese momento.
El hombre allí sí se sintió verdaderamente más feliz que
nunca, al ver a esas personas que tanto quería
ofreciéndole sus hombros para que llorara en ellos.
Y el hombre se olvidó de todo... Sus penas se fueron. No
lloró, ya que se sentía feliz.
Ahí fue cuando se dio cuenta que el más grande tesoro que
uno puede tener en la vida son los Amigos.
Y así se fue caminando con ellos bajo las últimas gotas de
lluvia, contándoles su experiencia y descubrimiento
durante el camino del Arco Iris.
Para reflexionar: el éxito, el dinero, la fama y el poder
son efímeros, así como vienen, pueden irse.
En cambio, los verdaderos amigos están siempre, son
incondicionales. Están con nosotros en los buenos
momentos, pero sobre todo en los malos momentos, en esos
en que uno se encuentra mal, triste, desorientado, sin
fuerzas. Ahí están los amigos, con sus palabras, abrazos y
sonrisas, para ayudarnos a superar nuestros problemas.
Estos son los verdaderos tesoros que debemos encontrar y
conservar... sólo así seremos realmente felices.
Pero ¡ojo!. Aquel que se sienta como el hombre de esta
historia, sepa que la amistad es como una flor... si no se
riega todos los días, corre el riesgo de marchitarse. |