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Cuando te
encuentres en la situación de tener que afrontar un cambio
en tu vida, surgirá inevitablemente el temor a dejar atrás
lo conocido y tener que internarte en un terreno nuevo,
donde las experiencias anteriores ya no tienen validez y
tendrás que encontrar nuevas formas de respuesta para
reemplazar a las viejas a las que estabas acostumbrado. En
esos momentos, todos experimentamos la tentación de dejar
las cosas como están y así evitar por completo los
peligros y las complicaciones de lo desconocido.
Los pretextos que elegimos para no tener que enfrentarnos
a nuevas situaciones, pueden variar mucho según nuestras
circunstancias personales, pero lo que tienen de común es
la función de convencernos de que es mejor dejar que todo
siga como está y abandonar nuestras ideas extravagantes de
cambiar las cosas. Según cuál sea la situación en que
ahora te encuentras: si eres joven o viejo, soltero o
casado, con hijos o sin ellos, estudiante o no, puedes
fácilmente encontrar razones por las cuales no deberías
apartarte del camino que llevaste hasta este momento.
El tema de la edad se presta fácilmente para dilatar la
acción. Puedes argüir que eres demasiado joven o, por el
contrario, que ya eres muy viejo para hacer tal o cual
cosa. También hay cosas que los casados no deberían hacer
o que no son convenientes para los solteros, para la gente
que tiene hijos o la que no los tiene, y así siguiendo.
Con un poco de ingenio siempre puedes encontrar un motivo
para dejar de hacer algo que te llevaría fuera del terreno
seguro de lo ya conocido y experimentado. En asuntos tales
como los referentes a la vida humana, donde nada es del
todo blanco o negro, siempre hay puntos a favor y en
contra de algo, y ellos son los que te pueden servir para
justificar tu decisión ante tu propio tribunal interior.
Una manera hábil de no hacer algo y al mismo tiempo quedar
bien con uno mismo, es simplemente posponerlo, dejarlo
para más adelante. Ese tribunal interior del que he
hablado es una parte de ti mismo que te conoce mejor que
nadie puede hacerlo y es el que juzga todos tus actos. El
que seas tú mismo el que te está juzgando no impide que
trates de engañarlo como podrías hacerlo con otra persona
y de convencerlo de que, en realidad, no es que tengas
miedo de hacer algo, sino de que lo estás postergando en
espera de una mejor ocasión.
Cuando eres un estudiante, puedes decir que para hacer
ciertas cosas es mejor esperar a que termines tus
estudios. Si ya estás trabajando, puedes esperar a que
llegue el momento de la jubilación. Si estás soltero, tal
vez sea mejor hacerlo cuando te cases, y si ya estás
casado, cuando lleguen los hijos. Tener hijos pequeños es
un buen motivo para esperar a que crezcan; siempre es
posible encontrar algo que nos indique que sería más
conveniente dejar para más adelante aquel cambio que
habíamos pensado.
De una manera u otra, ya sea que descartes totalmente
cualquier cambio o que dejes de hacerlo hasta que aparezca
una mejor oportunidad, deberías evaluar detalladamente si
lo que estás eligiendo hacer es realmente dictado por la
voz de la razón o lo es, en cambio, por la voz del miedo.
Si has pensado profundamente en lo que vas a hacer y todos
tus razonamientos te encaminan a pensar que no es el
momento adecuado para hacer algo, no tiene nada de malo
que lo dejes hasta que cambien las circunstancias.
Si lo que te está frenando es el temor a lo que no
conoces, tienes que pensar que esta es una reacción
natural y que le ocurre a todo el mundo. El miedo no es un
motivo válido para dejar de actuar cuando se han analizado
cuidadosamente todas las posibles consecuencias de lo que
piensas hacer. Puedes, en cambio, dejar de hacer algo
porque has concluido que son pocas las posibilidades de
llevarlo a cabo o porque son elevados los riesgos a los
que te expondrás tú o tus personas allegadas
Cuando de lo que se trata es de algo que puede afectar la
felicidad de tu vida, el miedo no es un buen consejero. No
puedes posponer la felicidad porque tienes miedo de hacer
algo que no hiciste antes. Se vive una sola vez y no
tendrás oportunidad de repetir tu vida. Si vas a ser
feliz, tienes que serlo ahora y aquí, y no puedes esperar
a que las cosas cambien para entonces recién tratar de
hacer algo.
Si has pensado suficientemente sobre algún cambio en tu
vida que haga que esta sea un poco más feliz, y has
llegado a la conclusión de que, en caso de hacerlo, no
perjudicas indebidamente a ninguna otra persona, no debes
dejar que el miedo te detenga. Ninguno de nosotros tiene
la vida asegurada y puede saber con certeza que tiene
tanto tiempo por delante para hacer lo que quiere. En
cualquier momento podemos tener que devolver la vida que
nos fue prestada y en ese momento no nos vamos a lamentar
por las cosas que hicimos sino por todas aquellas que
dejamos de hacer. |